Inmolarse en el recuerdo
A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie,
en el centro de la fiesta está el vacío.
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
Roberto Juarroz
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie,
en el centro de la fiesta está el vacío.
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
Roberto Juarroz
“Nuestras revoluciones son
puramente verbales y cambiamos las palabras para darnos la ilusión de estar
reformando las cosas, tenemos miedo de todo y de nosotros mismos, encontramos
la manera de eliminar la audacia yendo más allá de la audacia y tener ocupada
la locura exagerando la locura”.
Alberto Caraco
Albert Caraco (Constantinopla, 1919 – Paris, 1971) es un provocador incendiario con las heridas abiertas que zigzaguea entre la delgada línea que separa la locura de la lucidez más incómoda, la más lacerante, aunque no menos que el actual orden y sus simulacros de revoluciones y conflictos. Una mezcolanza que no priva de sufrimiento a muchos, si bien estos se debaten camino del matadero y de siglos (felizmente) pretéritos entre los dos polos opuestos de la cobardía: el optimismo y la autocompasión. Mientras, la razón sufre desde la distancia de la vida misma, allí donde un fatalismo superlativo e irreversible se instala, y donde los razonamientos acaban cediendo terreno a un lamento seco que a nadie busca ya seducir. Caraco es una voz crepuscular sin la profundidad ni matices, ni la inteligencia ni la ironía, de Emile Cioran (aquella que Octavio Paz creía que “nos ayudaba paradójicamente a vivir”), pero que también acusa al hombre de ser el único responsable de su precaria condición y lo hace desde prismas más peligrosos, desde púlpitos que ignoran la complejidad del mundo y todo lo reducen a una ecuación matemática. En parte también desde el odio mal disimulado que llevaba dentro y que se convirtió en el peor enemigo de sí mismo. Desde la derrota. Con su desprecio al mundo se enterró a sí mismo: su suicidio, horas después de la muerte de su padre, reveló su obra póstuma y le libró de más escarnio público. El miedo a existir en un mundo donde todo parece tan gratuito que acontece insoportable y la pérdida del último de sus progenitores, que lo condenaba a enfrentarse sólo a la vida, pesaron demasiado sobre él. Las profecías apocalípticas de sus escritos no se han cumplido, y, sin embargo, la cuerda sigue tensándose y el caos se agazapa enmascarado en las ficciones de las gacetillas, cada vez más amenazadoras e incomprensibles en su origen y devenir, siempre tan mitigadoras. Quizás Caraco subestimó la insondable capacidad de sufrimiento del hombre o su resignada esperanza, quizás olvidó la larga tradición de explotación del hombre por el hombre. Mucha poesía se ha escrito después de Auschwitz, muchas páginas se escriben cada día después de cada día. Las denuncias y las tropelías que deberían prender la mecha se repiten y caen en saco roto, en frívolas entrevistas y otros masajes mediáticos: la información no es un problema, la nula conciencia sí, las imágenes que nos adiestran para la vida, y, sobre todo, la corrupción de todos los discursos, la cobardía a dar la cara cuando importa y, en cambio, empalabrar la realidad a nuestro antojo.
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| They Live (1988) de John Carpenter |
En 2006, aquí en España, la editorial mexicano-española Sexto Piso se
atrevió con Breviario del Caos. Es decir, el holocausto demográfico de
la ley de Malthus, la superpoblación y los excesos que conducen a la
progresiva pauperización, a la esclavitud como elección desde la
libertad sin conciencia de las ataduras. “Se me reprochará que edifique
sobre la catástrofe y la considere la condición previa al reordenamiento
del universo… Reconozco mis errores, quiero declararme culpable. Hay
que redefinir al hombre y repensar el mundo, pero ya es demasiado tarde,
incluso para soñar con ello. Los salvadores pasan al igual que las
generaciones y el orden permanece”, sentenciaba. Tan sólo nihilistas y
anarquistas gozaban de su simpatía por “ser los únicos clarividentes”,
por, intuyo, bajarse de la noria y no actuar como figurantes ni apostar
por secundarios de la misma historia. Caraco es un maldito, no un
escritor que incorpora el malditismo como etiqueta para vender más e
insuflar rebeldía impostada a sus lectores, sino un maldito que no tiene
lugar en las estanterías y que ha sido deportado de las librerías. Todo
con el inusual mérito de que sus libros agrandan su lista de enemigos,
reduce el número de posibles lectores y alargan su condena como
proscrito. Su perfil biográfico no exige menos, aunque alguien podría
argumentar que el talento no siempre cae del lado de la bondad. Hay
bastardos que lo tienen a raudales, auténticos psicópatas que dejan caer
de vez en cuando alguna verdad. Caraco, como muchos vocingleros que
demandan demasiada atención, se revela de la peor calaña y el sueño de
cualquier psicoanalista, como da fe en sus diversas obras y diarios (Ma
confession, Le semainier de l'agonie, L'homme de lettres, etc). Algunas
notas . Aprueba la pena de muerte (“I approve of the death penalty”); se
define como un lobo solitario (“I witness, alone in my room, as an
isolated man, a man walled up, a man who chokes and who will die in the
dark. My audience is the walls of my room”); posee aires de grandeza
(“My book will blow up like a bomb over Europe”); no deja lugar a los
equívocos (“I am a racist and a colonialist”); no reparte los mejores
deseos a nadie (“I would be pleased indeed, if the universe were full of
blazing ovens, and crowded concentration camps, and starving people
deported”); ensalza a la raza judía (“We are the backbone of the white
race”) y al rato la desprecia (“God! The Jews are ugly!”); aborrece el
deseo (“Desire has nothing honourable about it, pleasure has nothing
sublime”); es un misógino de campeonato que prefiere “their own hands to
the legs of the ladies” y cuyas relaciones evidencian no pocos
trastornos afectivos (“I have had very few relations of experience with
women, usually poor street women. Those rare creatures whom I payed to
overpower didn’t heat up my blood”); profesa admiración por la monarquía
(“The sooner we reestablish monarchy, the better”) y la nostalgia por
tiempos imperiales; admira a Céline a quien considera a “true born
writer, a “possessed man”, más bajo el influjo de la persona política que de su obra
literaria y no panfletaria. Con todo, en Breviario del caos se
agolpan sin ambages los peores reflejos de nosotros mismos en todos sus
excesos: mirar al abismo forja el carácter si uno consigue alzar la
mirada después. Y, como se suele decir en estos casos y ante tanto timorato, más
en los tiempos que se avecinan, no me hago responsable de sus opiniones
citadas (“”), ni el hecho de que las reproduzca es sinónimo de avenencia.
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| Slavoj Zizek: The Reality of the Virtual (2004) de Ben Wright |
De súbito, dice Caraco, nos preguntamos el porqué de aquello que nos
pasa, nuestra confianza en un progreso sin límites se desvanece tras
años de ensueño girando en círculo y el mundo, transformado por el
hombre, escapa de su sombra: nuestras obras nos superan y se vuelven en
nuestra contra. Debemos nuestro entendimiento a nuestra violencia y
apenas recordamos ya las lecciones del pasado, pues la única lección que
enseña la historia es a olvidar los avisos. Ahí está, por ejemplo, el
capitalismo y sus crisis cíclicas (cada vez más abisales) y sus
respuestas cínicas (cada vez más desvergonzadas y públicas). Un
naufragio en jerga tecnocrática y opaca que arroja impunidad para sus
responsables y ahoga a millones de homo videns que, sí, un día tras otro
también soñaron con ser contramaestres. Demasiado ocupados en aparentar
ser felices como para sentirse solos y observar el engaño, tan deseosos
de participar en las emociones generales y el way of life. Jean
Baudrillard se preguntaba en El abismo del sentido (1978): “¿Podemos
preguntarnos sobre ese hecho extraño de que después de varias
revoluciones y un siglo o dos de aprendizaje político, a pesar de los
periódicos, de los sindicatos, de los partidos, de los intelectuales y
de todas las energías puestas para educar y para movilizar al pueblo, se
encuentren aún (y se encontrarán exactamente igual dentro de diez o
dentro de veinte años) mil personas para levantarse y veinte millones
para permanecer “pasivas” y no solamente pasivas, sino para preferir
francamente, con toda la buena fe y con alegría y sin siquiera
preguntarse por qué, un partido de fútbol a un drama humano y
político?”. La ecuación es la misma: They live. We sleep. El tan
manoseado "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo
cambie", de Lampedusa. Y es que si uno se queda quieto está muerto y nadie le va a tender una mano. La
norma es perseguir una miseria estable, real y lo mejor disimulada posible, una
burbuja inflada que otorga exiguos derechos siempre a la baja a personas tan ocupadas trabajando por sobrevivir que jamás podrán pensar en cómo vivir.
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| Stalker (1979) de Andrei Tarkovsky |
Según Alberto Caraco, “las ciudades que habitamos son las escuelas de la muerte
porque son inhumanas”, allí nos “apilamos por millones perdiendo
nuestras razones de vivir” y de las que “no saldremos salvo muertos,
pues nuestro destino es siempre multiplicarnos con el único fin de
parecer innumerables”. “Los hombres están a la vez libres y atados, más
libres de lo que desean, más atados de lo que notan, compuesta de
sonámbulos la muchedumbre de mortales, y el orden que no tiene interés
en que ellos salgan del sueño porque se volverían ingobernables”, añade.
El hombre que se niega a conocerse prefiere inmolarse, imaginando que
es más sublime morir, morir innumerable y en manada por una causa común, que reconsiderar finalmente el
mundo que habita y donde la juventud padece más que goza el hecho de ser
joven. Nada hay más insensato que detenerse en los aspectos más
negativos del carácter de uno, nada hay más común que criticar con
hipocresía esos mismos rasgos en el sistema donde uno se cobija.
“Nuestros padres, ellos tenían la elección de morir o sobrevivir,
mientras nosotros sobrevivimos ya. El mundo está lleno de gente que
sueña con morir. En el caos donde nos hundimos hay más lógica que en el
orden, el orden de muerte en el que permanecimos tantos siglos y que se
desarma bajo nuestros pasos automáticos. Los hombres más puros no
tendrán más que el recurso de matarse los unos a los otros para no
despreciarse a sí mismos”, afirma en las páginas Breviario del caos.
“La cuestión principal es encontrar ese motivo antes de la noche, porque si a la mañana siguiente no tienes una buena mentira en el cajón de la mesilla, las vas a pasar putas para levantarte”.“Engáñales, apréndete la música de la canción, sílbala, tararéala, pero nunca aprendas la letra, diles que tienes mala memoria, cualquier mentira vale; pero no aprendas la letra”.A bordo del naufragio. Alberto Olmos
En
el universo pesimista de Caraco el orden y la guerra – el exterminio- avanzan
inseparables de la mano y no basta con declararle la paz al mundo pues cree que
nadie escucha, nadie se escucha. Su visión apocalíptica, de constante
redoble, se extiende página tras página sin propuesta alguna de
enmienda: “Pronto el mundo no será más que un astillero donde, igual que
las termitas, miles de ciegos, afanados por perder el aliento, se
afanarán, en el rumor y en el hedor, como autómatas, antes que
despertarse, un día, presas de la demencia y que degollarse unos a otros
sin cansancio”. Sostiene que la locura se enraíza bajo nuestros
edificios y es nuestra muerte lo que reclama. No hay diálogo posible, y
Caraco sólo contempla en el caos una nueva oportunidad al más puro
estilo de Wall Street, al tiempo que pregona nuestra culpabilidad con un
orden que nos aboca a un sólo destino. Preferimos, dice, la catástrofe a
la reforma, antes elegimos inmolarnos que repensar el mundo y no lo
repensaremos más que en medio de las ruinas con dioses hechos a nuestra
imagen, nuevos hologramas corporativos y figuras del entretenimiento que
nos apacigüen, pues el espectáculo, como apuntaba Guy Debord, “es el
guardián del sueño” de una sociedad que no expresa finalmente más que su
deseo de dormir. La fe, dice el escritor, no es más que una vanidad
más entre las vanidades y el arte de engañar al hombre sobre la
naturaleza de este mundo, que es de absoluta indiferencia, como cuando
te cortan la entrada del cine o te cobran sin mirarte. De poco sirven
para Caraco las páginas de la historia, los errores del pasado.
“Ofrecemos un caos de migajas a la generación que viene y negamos las
lecciones de la historia, queremos siempre innovar, para estar a la
moda”, ironiza. Y en la moda todo vale para llamar la atención. No obstante, no inventamos nada nuevo. ¿Y la
palabra? ¿El diálogo? “Entre nuestros medios y nosotros no existe ya un
lenguaje común, y por ello la palabra comunicación está de moda”. ¿Y el
llamado progreso, hoy convertido en capitalismo cool en el que los
objetos nos transfieren nuestra forma de ser y nuestro espíritu, por
encima de nuestras acciones? “No le guardo rencor al hombre común, cada
vez más indiferente y que se estima satisfecho porque la
industrialización le procura las apariencias de la felicidad, aunque sea
de manera provisional”, asegura.
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| La Société Du Spectacle (1973) de Guy Debord. Y La precesión de los simulacros (1978) de Jean Baudrillard |
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| Ulrike Marie Meinhof (1994) de Timon Koulmasis. |
Afirma Caraco que la masa se consuela engendrando hasta perder el
aliento con el fin de ser innumerable y de abastecer, sin cansancio, a
una legión de víctimas. “El número es el instrumento del mal, el mal
quiere que los hombres se multipliquen, pues mientras más supearbunden
los hombres, menos vale el hombre, para ser humano el hombre no será
nunca lo suficientemente escaso”, escribe. Ataca con furor al orden y a
las estructuras de poder, al tiempo que avisa que el tiempo de las
plegarias ha caducado. “Nuestras religiones nos engañan sobre nuestra
evidencia y los creyentes no repensarán el mundo. Nuestros intelectuales
no saben más que actuar y nuestros religiosos no saben más que mentir,
ninguno sueña con repensar el mundo. Un hombre digno de este nombre en
este siglo no cree en nada y de ello se vanagloria”, vocifera. Las
religiones son fácilmente substituibles por los gobiernos, y hoy en día
los gobiernos por aquellos más a la sombra, que como los verdaderos
burgueses, y no aquellos que hacen ostentación estirando en el
imaginario su clase media a base de la contracción de deudas, anteponen
la discreción a sus vicios. La confrontación no falta, entre gobierno,
religión y el poder, pero en el fondo se utilizan los unos a los otros
sin jamás herir las conveniencias. Pura escenificación entre tanto
ajetreo por vivir con el entusiasmo que ponen las chicas que no son
demasiado guapas. Y aquí Caraco denuncia el simulacro en que se ha
convertido, tanto la felicidad como el dolor, y, sobre todo, el cambio
en el que muchos creen. “Nuestras revoluciones son puramente verbales y
cambiamos las palabras para darnos la ilusión de estar reformando las
cosas, tenemos miedo de todo y de nosotros mismos, encontramos la manera
de eliminar la audacia yendo más allá de la audacia y tener ocupada la
locura exagerando la locura”. Puramente verbales, como la contracultura
que diseccionan Joseph Heath y Andrew Potter en Rebelarse vende. Una
contracultura que se ha zambullido a la izquierda a cambio de un nadie
nos representa tan seductor como estéril. Gritos sin dirección que
claman un autoindulto inmerecido, como si nos acabáramos de despertar y
nada de esto tuviera que ver con nosotros. Gritos, para más inri,
encallados en el apoliticismo, en las ilusiones y en dar lecciones de
las que nadie toma nota y que rápidamente se tergiversan ya que la
insatisfacción hacía lo existente se ha convertido en una mercancía para
una prensa alienada que les olvidará mañana y rescatará cuando les
convenga. Sólo después de olvidar eres inocente, y por eso culpable.
Alberto Olmos (A bordo del naufragio) carga en su último libro Ejército
enemigo, una de las novedades editoriales más sobrevaloradas y
descuidadas en su forma por este genial autor, en esa desaparición de
un enemigo a batir: "La revolución no va a llegar. Nuestros soldados son
todos traidores. La batalla no se está librando. La guerra no se ha
declarado. No hay bandos suficientes para contender. Sólo hay un bando,
que se ejercita luchando contra sí mismo en un espejo mediático. Que no
existía nada parecido a 'acción colectiva', a 'movimiento social', ni
siquiera a 'trabajo en equipo'. Aquí cada cual salvaba su propio culo,
abonaba su propia felicidad, detectaba un beneficio adecuado a su
carácter y a sus deseos y lo extraía de la máquina: del trabajo, de la
gente, de las desgracias ajenas, del escaparate. Pensé que nadie nunca
había hecho nada por los demás. Pensé que nadie nunca haría nada por los
demás. Porque nadie ignora el significado de la palabra 'recompensa'.
Me compensa. Me conviene. Te compensa. No es hipocresía. Es
esquizofrenia. Un pie en el barro y el otro en el cuento de hadas. El
ciudadano se ignora a sí mismo". Y no acaba ahí su visión desoladora, oportuna y oportunista
que encuentra en tanta hipocresía razones de más para desear un
auténtico reseteo. “Saber la verdad no nos impide actuar como si no la
supiéramos. La verdad es inútil. Lo único útil es otra realidad. Ya no
se hacen cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se
hacen cosas. ¿Durante cuánto tiempo nos seguiremos engañando con esta
mierda? [...] ¿No sería mejor dejarlo todo al albur del caos, cesar en
las ayudas puramente amansadoras, y permitir un sufrimiento tal que, al
cabo, hiciera a millones de personas tomar las armas y devolvernos la
calderilla? La solidaridad no sólo ha fracasado, sino que ha evitado la
reacción. Ha abierto sucursales de esperanza en el espacio reservado a
las franquicias de la revolución. [...]. Ha puesto diques al dolor y ha
dado a las empresas multinacionales un argumento de marketing: basta con
poner un logo solidario en su etiqueta. La solidaridad se volvió
superficial, se alejó del terreno íntimo para ser incorporada al
simulacro.... Es muy fácil arreglar el mundo a distancia: parece que
hasta funciona. Pero no funciona, lo siento mucho. Todo eran campañas
simbólicas, simulaciones a medio camino entre el sentimiento de culpa y
el sentimiento de distinción que no aportaban nada a la labor de mejorar
el mundo. Los abajofirmantes eran los abajojodientes". Un discurso de
ideas con ganas de agradar e incendiar, pero muy en sintonía con las
tesis de Caraco, eso sí, desde el terreno de la ficción y no con la
implicación excesiva que llevan al escritor nacido en Constantinopla a
caer en el influjo de la eugenesia y el nazismo.
La moral, el orden, la fe y el interés material - dice Caraco- “se
unen para condenarnos a ser tribu”. Unos necesitan fieles, las naciones
defensores (un concepto bélico algo anticuado hoy en día donde las
guerras son televisadas y los gobiernos no pueden diezmar a sus
poblaciones enviando a sus ciudadanos a las trincheras) y los
industriales consumidores. “A los amos les son necesarios los esclavos,
el despoblamiento sería su ruina, prefieren que el universo estalle. El
paro del movimiento – que salvaría al mundo- sería en perjuicio suyo.
Cuando creemos obedecer a Dios, obedecemos al hombre. Nuestras
autoridades no saben nada, no se ponen de acuerdo más que para
arrullarnos con embustes, con el sólo fin de mantener los privilegios
adquiridos y perpetuar su establecimiento. Nuestra fidelidad nos condena
y nuestra obediencia nos sentencia. Nos predican la sumisión y la
confusión. Nuestras religiones son los cánceres de la especie.
Traicionan como respiran, son pesos amarrados a nuestros pies. Han
preferido su propio poder a la felicidad de la especie humana”, afirma
en un discurso con más virulencia que muchos en la órbita del tan
educado 15M. Y se pregunta: “¿Se castiga a los falsificadores de dinero y
se perdonaría a aquellos que no viven más que acreditando falsas?”. Y
de entre todas las falsas hoy, la más dañina es el pensamiento positivo,
o el optimismo, el pecado más criminal para Caraco. Michela Marzano,
por ejemplo, cree que el orden se sirve de “la ilusión de libertad
individual para perpetuar la explotación de unas personas por otras”.
“Esa es la trampa – envuelta en toda esa palabrería de autoayuda- de la
felicidad por el trabajo. Sostiene que el trabajo es el único camino de
la realización personal hacia la felicidad. De esta forma sólo puedes
ser feliz haciendo ricos a los amos. Y ya no te queda ser el pobre e
inocente desgraciado, de antaño, ahora si no eres feliz, encima eres un
indolente culpable de tu desgracia”, explica. La esperanza de una felicidad
futura en un sistema injusto es el gran éxito del orden que todos siguen
a pies puntillas. Hay que sonreír siempre y anularse para conseguir un
puesto de trabajo, dar a entender a todo el mundo que tienes un sueño,
el de todos, que trabajas más duro que nadie pavoneándote la mitad del
tiempo que dices trabajar… “La esperanza y la fe sólo incrementan sus
males”, resume Caraco.
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| Saturday Night and Sunday Morning (1960) de Karel Reisz |
Drink up with me now and forget all
about the pressure of days
Do what I say and I'll make you okay and drive them away
the images stuck in your head
Between the bars | Elliott Smith
"Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein".
Heinrich von Kleist.
El nacionalismo también es achacado como uno de los
principales males e instigadores del caos. “Por cada país que hace la
Historia, más de veinte la sufren”, sintetiza. “El nacionalismo es una
enfermedad universal cuya curación será la muerte de los frenéticos. Es
un pretexto noble para morir. La enfermedad no perdona ya a ninguna
nación y todos los países se parecen hasta en el tipo de furor que los
opone y los anima a degollarse unos a otros. El nacionalismo es el arte
de consolar a la masa de no ser más que una masa”, opina. Nacionalismos o
estadios llenos, banderas o escudos, primas de riesgo e intereses, todo vale. En un ángulo más íntimo propugna
“renunciar a nuestros recuerdos en el momento en que nos enorgullecen, y
a nuestras ilusiones cuando toman demasiado sitio”. Para este pensador el
nacionalismo es un obstáculo que provoca que haya que cuidar a aquellos
“hombres de poco valor quienes, en su delirio, piensan que tienen
derechos, a pesar de su impotencia”. Y de ahí que Caraco manifieste que
“desde el instante que sangramos por una causa, le damos crédito sin
mirar lo que ésta encierra”. "Il est l'eure de s'enivrer!"
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| Wall Street (1987) de Oliver Stone. |
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| Bruce Nauman |
Los hombres están demasiado ocupados en proyectarse como algo atractivo
en el mercado que, en sus años de tránsito, soportan todo tipo de
injusticias: sus ansias de placer no dejan tiempo al nacimiento del
deseo. Caraco asegura que la prosperidad de los ricos no durará
eternamente “en el seno de un mundo que se une en la miseria absoluta” y
que por ello no tendrán más opción “que exterminar a los pobres o ser
pobres a su vez”. Hay poca generosidad con el hecho de que esos pobres han
pagado con su sudor las fiestas del vecino rico, ese supuesto 1% que
hace y deshace a placer. Todo ello mucho antes de la eclosión de la
globalización, el querer lo mejor y más barato a costa de los demás para
después poner el grito en el cielo cuando las condiciones laborales de
aquellos contaminan nuestros logros sociales. Él lanza los dardos a los
individuos, a los que acusa de “autómatas espermáticos” por el hecho de
no ser conscientes de su condición de pobres y consumistas, y no dejar de
creer que sus vástagos pueden abandonar esa condición: unas excepciones
que son eso, excepciones en un modelo que mantiene al supuesto 99% a pan
y agua, e ilusiones, las de los sorteos millonarios.“El imperativo
categórico de estos tiempos es el optimismo y aunque sea en los bordes
del abismo, hemos vuelto a la magia verbal, conjuramos y exorcizamos”,
apunta. Y las almas bien intencionadas, concienciadas, de buena voluntad
o mala conciencia, sobre todo mala conciencia, en su afán de ayudar,
opina Caraco, sólo perpetúan el problema dando un sentido a sus vidas.
“La caridad no más que un engaño y los que me la enseñan son mis
adversarios”, dice. La solidaridad no ha fracasado, pues no intenta
solucionar problema alguno sino ocuparnos en un problema tan embrollado
que exige borrón y cuenta nueva, distraernos con el enunciado. Todo
barruntado con alguna pincelada de la marea verde: “Los paganismos
consideraban divina la naturaleza y no la hubieran violentado”.
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| La dolce vita (1960) de Federico Fellini |
Y es
entonces, hacía el final, cuando el escritor judío se despeña por las
páginas más negras de la historia avisando que no habrá piedad.
“Debemos golpear hoy a aquellos que mañana golpearían, tal es la regla
del juego y esos que nos imploran nos castigarían pronto por haber
olvidado. Debemos armarnos de su barbarie para estar a la medida de su
desmesura”, advierte. Asimismo, hay espacio para un atisbo de
culpabilidad: “No sabemos más que barbarizar a aquellos que pretendemos
instruir y los desarmamos frente a la vida, aparentando prepararles para
ella”. Es un espejismo y sus deseos de exterminio vuelven con fuerza en
las últimas páginas donde en un discurso sin ambages y frases
lapidarias dilapida sus reflexiones incómodas para convertirlas en
peligrosas a los ojos de cualquier editor, su visión de un futuro sin
enfermedades, sin hambre, sin trabajo molesto ni terror. “El futuro es
de la simplicidad. Las ideas claras y precisas ya no están de moda. El
deber del rico es ser más fuerte que el pobre o esperarse lo peor. Estoy
convencido de que el racismo tiene futuro. Un día nos volveremos
racistas para comer, seremos hombres de necesidad en el peor sentido de
la palabra, seremos materialistas y racistas, los dos principios van a
unirse como se unen en nuestros días el nacionalismo y el socialismo”,
sostiene. Como se unen la banca y el poder sin grandes proclamas ni
líderes, como muchos ciudadanos de a pie, verdaderos arribistas a
pequeña escala que dan validez moral al expolio a cambio de unas
vacaciones y un abrigo nuevo cada invierno. Y no acaba ahí, Caraco sigue
en caída libre por el populismo más rancio y, sobre todo, en la diana
equivocada que él mismo ha desplazado del poder del capital, religión y
nuestros propios actos a otras culturas, tal y como hacen casi la
totalidad de los mediocres. “¿Qué vamos a oponer a estos bárbaros? ¿La
tolerancia y el laxismo? Nos aplastarían, riéndose de nosotros. Nos
volveremos sus siervos o sus víctimas, nuestras mujeres sus prostitutas y
nuestros bienes su botín. Ellos no nos perdonarán haberlos humillados
sin haberlos exterminado enseguida. La tolerancia es un mito y el
respeto no es más que un delirio. ¡Dichosos los muertos!”. Y la
pregunta se repite. “Qué vamos a oponer a estos bárbaros de las finanzas
que juegan a hacer realidad los deseos de Caraco? ¿Qué vamos a oponer a
nosotros mismos?
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| Fight Club (1999) de David Fincher |














